22/03/2014 - 19:12
Muerte de un periodista 5 estrellas
KABUL, 22 de marzo de 2014 - Tres globos infantiles descansan, ahora medio desinflados, en la mesa de Sardar.
Hace un día o dos los compró a un vendedor callejero al que había tomado una fotografía con su teléfono móvil mientras venía a trabajar.
Esto era típico de Sardar -siempre llegando cada mañana con una historia de algo que le había ocurrido en las calles de Kabul, siempre divertido, siempre lleno de anécdotas con color, siempre pensando en sus hijos.
Inteligente, bien informado, con estilo y chispeante, con un entusiasmo infantil, Sardar era un periodista de los de cinco estrellas, un amigo para todos en la AFP y un hombre que impresionaba a cualquiera que le conociera.
Amaba la historia de Afganistán y tenía un conocimiento profundo de su actualidad y una habilidad innata para explicar cómo era el país a los de fuera.
Le encantaban las charlas en la oficina, la camaradería en el trabajo, pero mucho más que eso le encantaba volver a casa con su adorada esposa Humaira y el resto de su familia.
Tres pequeñas fotografías de sus tres niños están a la derecha de la pantalla de su ordenador, siempre a la vista. A menudo decía que ellos eran todo el objetivo que tenía en su vida.
Recientemente había comprado una cinta para correr, para ponerse en forma, y contaba divertido cómo sus hijos corrían delante de la cinta gritándole que fuera más rápido para animarle.
Los viernes, el día libre de la semana, solía quedarse en casa y cocinar, preparando orgulloso un plato que le gustara a sus hijos.
Hace poco, en una salida con compañeros de la oficina a la única bolera que hay en Kabul, llevó a su preciosa hija Nilofar y pudimos ver la alegría que los dos desprendían estando juntos. Él hacía que ella se riera y ella hacía que él se riera todavía más.
Sardar estaba en su salsa aquella noche: muy sociable, competitivo, con su talento natural para todo y lleno de felicidad al estar con amigos, jugando, charlando y comiendo, provocando y bromeando, y ganando a los bolos.
Sencillamente tenía éxito en su vida, escogido por la AFP por su extraordinario talento y convirtiéndose rápidamente en el reportero número uno en su campo. Además era ambicioso. Deseando ser dueño de su futuro, puso en marcha la compañía Kabul Pressistan, una empresa al margen de la AFP pero también enfocada a dar servicios a los medios de comunicación internacionales. Solo Sardar podía combinar algo así con su trabajo a tiempo completo en la AFP.
Este tipo de cosas eran las que mejor iban con su carácter.
Cualquier periodista extranjero que le llamara por teléfono apreciaba enseguida su profesionalidad tranquila, su conocimiento de la realidad afgana entregado al otro de forma generosa y su honestidad directa y sincera.
Él sabía que era bueno: buen coche, confianza en sí mismo, bonitos zapatos de piel... Pero además sabía ser encantador con todo el mundo. El equipo encargado de la cocina en la AFP le adoraba, incluso cuando insistía en preparar sus extrañas ensaladas 'Thai' para comer en su recién iniciada dieta, que por cierto llevaba con bastante éxito.
Los periodistas afganos de la AFP le querían como un líder natural y los colegas en Kabul se sentaban con él y se reían en el jardín de la oficina, donde él les ofrecía su ancha sonrisa, en la que destellaba un diente de plata.
Políticos afganos, oficiales de seguridad, generales, portavoces de la OTAN, el equipo de la embajada de Estados Unidos o vendedores callejeros de globos: ninguno era inmune a la magia de Sardar.
Y los 'expatriados' (nombre de los corresponsales extranjeros en la AFP) le teníamos mucho cariño porque nos salvaba una y otra y otra vez consiguiendo una declaración clave de la policía, logrando una importante entrevista o avisando en mitad de la noche de una noticia de última hora.
Intelectualmente inquieto, lleno de energía y siempre buscando una oportunidad nueva, estaba fascinado con Twitter, Facebook y la cámara de su nuevo teléfono móvil, que era su última afición: tuitear imágenes de escenas callejeras por Kabul con aire divertido pero también con una mirada curiosa al mundo a su alrededor.
Al finalizar cada jornada, solía desconcertar y divertir a todo el equipo de periodistas de la AFP, todos hombres, despidiéndose con un animado "Khuda Hafiz Sisters!" ("¡Adiós hermanas!") al salir por la puerta. No sé de dónde se sacó eso.
Había estado en Alemania, Holanda, Hong Kong, Suecia e India. Y era feliz y se sentía como en casa en cualquier situación, en cualquier compañía... Para luego volver a casa, en Kabul, cargado de regalos para sus niños.
Cuando recientemente nos visitaron directivos de la AFP, tomó de manera natural el liderazgo del equipo de redacción. Abiertamente, dijo cuánto le gustaba trabajar en la AFP y abogó por un aumento de salario general con una lógica persuasiva y elegante y con su habitual encanto.
Los jefes pensaron que era genial. Y es que era genial.
Ah, sí, también era atractivo. Le hubiera gustado que dijéramos eso porque le habría hecho reír.
Ben Sheppard es el jefe de la oficina de la AFP en Kabul.
COPY http://www.afp.com/
Muerte de un periodista 5 estrellas
Por Ben SHEPPARD
El
periodista de la AFP Sardar Ahmad con su hija Nilofar (izquierda) y su
hijo Omar, en febrero de 2012. Ahmad, los dos niños en la foto y su
esposa Humaira fueron asesinados el 20 de marzo en Kabul, en un ataque
talibán el 20 de marzo en un hotel de la capital afgana. Su tercer hijo,
de 18 meses, resultó herido de gravedad (AFP / Joris Fioriti)
KABUL, 22 de marzo de 2014 - Tres globos infantiles descansan, ahora medio desinflados, en la mesa de Sardar.
Hace un día o dos los compró a un vendedor callejero al que había tomado una fotografía con su teléfono móvil mientras venía a trabajar.
Esto era típico de Sardar -siempre llegando cada mañana con una historia de algo que le había ocurrido en las calles de Kabul, siempre divertido, siempre lleno de anécdotas con color, siempre pensando en sus hijos.
Inteligente, bien informado, con estilo y chispeante, con un entusiasmo infantil, Sardar era un periodista de los de cinco estrellas, un amigo para todos en la AFP y un hombre que impresionaba a cualquiera que le conociera.
Sardar Ahmad en un colegio para niñas en las afueras de Kabul, en abril de 2013 (AFP / Joris Fioriti)
Amaba la historia de Afganistán y tenía un conocimiento profundo de su actualidad y una habilidad innata para explicar cómo era el país a los de fuera.
Le encantaban las charlas en la oficina, la camaradería en el trabajo, pero mucho más que eso le encantaba volver a casa con su adorada esposa Humaira y el resto de su familia.
Tres pequeñas fotografías de sus tres niños están a la derecha de la pantalla de su ordenador, siempre a la vista. A menudo decía que ellos eran todo el objetivo que tenía en su vida.
Recientemente había comprado una cinta para correr, para ponerse en forma, y contaba divertido cómo sus hijos corrían delante de la cinta gritándole que fuera más rápido para animarle.
Sardar
Ahmad durante su último reportaje, el 18 de marzo de 2014, sobre un
león rescatado en la casa de un millonario que lo tenía encerrado en una
jaula en el tejado, y que empezó una nueva vida el el zoo de Kabul (AFP
/ Shah Marai)
Los viernes, el día libre de la semana, solía quedarse en casa y cocinar, preparando orgulloso un plato que le gustara a sus hijos.
Hace poco, en una salida con compañeros de la oficina a la única bolera que hay en Kabul, llevó a su preciosa hija Nilofar y pudimos ver la alegría que los dos desprendían estando juntos. Él hacía que ella se riera y ella hacía que él se riera todavía más.
Sardar estaba en su salsa aquella noche: muy sociable, competitivo, con su talento natural para todo y lleno de felicidad al estar con amigos, jugando, charlando y comiendo, provocando y bromeando, y ganando a los bolos.
Sardar Ahmad durante una salida con sus compañeros a la bolera de Kabul, el 28 de febrero de 2014 (AFP)
Sencillamente tenía éxito en su vida, escogido por la AFP por su extraordinario talento y convirtiéndose rápidamente en el reportero número uno en su campo. Además era ambicioso. Deseando ser dueño de su futuro, puso en marcha la compañía Kabul Pressistan, una empresa al margen de la AFP pero también enfocada a dar servicios a los medios de comunicación internacionales. Solo Sardar podía combinar algo así con su trabajo a tiempo completo en la AFP.
Este tipo de cosas eran las que mejor iban con su carácter.
Cualquier periodista extranjero que le llamara por teléfono apreciaba enseguida su profesionalidad tranquila, su conocimiento de la realidad afgana entregado al otro de forma generosa y su honestidad directa y sincera.
Sardar Ahmad pesca en un lago cerca de Bamiyan, en octobre de 2008 (AFP / Danny Kemp)
Él sabía que era bueno: buen coche, confianza en sí mismo, bonitos zapatos de piel... Pero además sabía ser encantador con todo el mundo. El equipo encargado de la cocina en la AFP le adoraba, incluso cuando insistía en preparar sus extrañas ensaladas 'Thai' para comer en su recién iniciada dieta, que por cierto llevaba con bastante éxito.
Los periodistas afganos de la AFP le querían como un líder natural y los colegas en Kabul se sentaban con él y se reían en el jardín de la oficina, donde él les ofrecía su ancha sonrisa, en la que destellaba un diente de plata.
Políticos afganos, oficiales de seguridad, generales, portavoces de la OTAN, el equipo de la embajada de Estados Unidos o vendedores callejeros de globos: ninguno era inmune a la magia de Sardar.
Sardar
Ahmad, con jersey rojo, y sus compañeros en el jardin de la oficina de
la AFP en Kabul, en octubre de 2013 (AFP / Massoud Hossaini)
Y los 'expatriados' (nombre de los corresponsales extranjeros en la AFP) le teníamos mucho cariño porque nos salvaba una y otra y otra vez consiguiendo una declaración clave de la policía, logrando una importante entrevista o avisando en mitad de la noche de una noticia de última hora.
Intelectualmente inquieto, lleno de energía y siempre buscando una oportunidad nueva, estaba fascinado con Twitter, Facebook y la cámara de su nuevo teléfono móvil, que era su última afición: tuitear imágenes de escenas callejeras por Kabul con aire divertido pero también con una mirada curiosa al mundo a su alrededor.
Al finalizar cada jornada, solía desconcertar y divertir a todo el equipo de periodistas de la AFP, todos hombres, despidiéndose con un animado "Khuda Hafiz Sisters!" ("¡Adiós hermanas!") al salir por la puerta. No sé de dónde se sacó eso.
Sardar Ahmad en la oficina de la AFP de Kabul el dia de su muerte, el 20 de marzo de 2014 (AFP / Wakil Kohsar)
Había estado en Alemania, Holanda, Hong Kong, Suecia e India. Y era feliz y se sentía como en casa en cualquier situación, en cualquier compañía... Para luego volver a casa, en Kabul, cargado de regalos para sus niños.
Cuando recientemente nos visitaron directivos de la AFP, tomó de manera natural el liderazgo del equipo de redacción. Abiertamente, dijo cuánto le gustaba trabajar en la AFP y abogó por un aumento de salario general con una lógica persuasiva y elegante y con su habitual encanto.
Los jefes pensaron que era genial. Y es que era genial.
Ah, sí, también era atractivo. Le hubiera gustado que dijéramos eso porque le habría hecho reír.
Sardar Ahmad fotografiado poco antes de su muerte, el 20 de marzo de 2014 (AFP / Daud Yardost)
Ben Sheppard es el jefe de la oficina de la AFP en Kabul.
COPY http://www.afp.com/
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