EN EL MAR MEDITERRÁNEO -
El Aquarius tiene una cita… no se sabe exactamente con quién, ni cuándo.
Solo se sabe vagamente dónde: una zona que cubre más o menos la misma
distancia que entre Nantes y la punta de Bretaña. En una vida anterior,
este gran barco anaranjado trabajó para los guardacostas alemanes y
luego se erigió con grúas amarillas para lanzarse en la exploración
petrolífera, de Nigeria al Ártico. Pero desde febrero, la joven
asociación SOS Mediterráneo le confió una misión particular: salvar
vidas.
El Aquarius (AFP / Gabriel Bouys)
El capitán Alex (AFP / Gabriel Bouys)
Fotografiado
por la marina italiana, el naufragio de un barco de migrantes con
sobrecupo cerca de Libia el 25 de mayo de 2016, en el cual 7 personas
perecieron (AFP / Marina Militare)
Antoine Laurent, uno de los socorristas de SOS Méditerranée en el Aquarius (AFP / Gabriel Bouys)
Hay que decir que los navíos militares son numerosos en la zona: la operación italiana Mare Sicuro, encargada justamente de garantizar la seguridad de los socorristas, pescadores y plataformas petroleras en la zona; la operación Sophie, dirigida por la Unión Europea para intentar, hasta ahora sin éxito, luchar contra los traficantes de personas, y la operación Triton, de la agencia europea de control de fronteras, Frontex. Todo ello moviliza en total más de una quincena de navíos, pero también aviones de reconocimiento —esenciales para avistar los botes— y helicópteros.
(AFP / Gabriel Bouys)
A bordo del Aquarius (AFP / Gabriel Bouys)
(AFP / Gabriel Bouys)
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02/06/2016 - 12:48
Si no vamos, ¿cuántos van a morir?
Si no vamos, ¿cuántos van a morir?
(Durante una semana, en mayo de
2016, la periodista de la AFP en Roma Fanny Carrier estuvo a bordo del
Aquarius, embarcación que participa en las operaciones de rescate de
migrantes en la costa Libia. Esta es la primera entrega de una serie de
tres relatos).
EN EL MAR MEDITERRÁNEO -
El Aquarius tiene una cita… no se sabe exactamente con quién, ni cuándo.
Solo se sabe vagamente dónde: una zona que cubre más o menos la misma
distancia que entre Nantes y la punta de Bretaña. En una vida anterior,
este gran barco anaranjado trabajó para los guardacostas alemanes y
luego se erigió con grúas amarillas para lanzarse en la exploración
petrolífera, de Nigeria al Ártico. Pero desde febrero, la joven
asociación SOS Mediterráneo le confió una misión particular: salvar
vidas.
Lentamente, la embarcación deja Trapani,
su puerto de anclaje al noroeste de Sicilia, y bordea la gran isla
italiana antes de enfilar rumbo al sur, en dirección a Trípoli. Lo menos
que podríamos decir es que el reportaje comienza bien para el
videorreportero Giovanni Grezzi, el fotógrafo Gabriel Bouys y yo: el
capitán ha previsto una barbacoa en la cubierta. El jefe filipino se
ocupa de asar, los marinos ghaneanos se encargan de la música, el sol
del atardecer lo envuelve todo con una luz dorada.
Es el momento de conocer los tres equipos
presentes a bordo: los seis socorristas de SOS Mediterráneo, encargados
de sacar a los migrantes del agua; los seis médicos y logísticos de
Médicos sin Fronteras (MSF), que acogen y ofrecen los primeros cuidados a
los migrantes a bordo, y la decena de marineros de tripulación, que
deben hacer funcionar la embarcación. Los primeros son gente de mar que
no tienen experiencia particular en rescates pero quieren ofrecer su
tiempo. Un antiguo capitán reconvertido en consultor, un capitán actual
en vacaciones, un joven oficial de la marina mercante con tiempo
disponible, un instructor de buceo que ya pasó varios meses en Lesbos,
una aventurera del mar…
El Aquarius (AFP / Gabriel Bouys)
Por el contrario, la mayoría de los de MSF
no ha puesto los pies nunca en un barco, pero acumulan una vasta
experiencia de todos los rincones más duros del planeta. Hay que
insistirles un poco para que hablen, pero sus recuerdos van de Nepal a
Sudán pasando por los enfermos de Ébola.
Los que más me impresiona son los
marineros de la tripulación: ghaneses siempre de buen humor, rusos y
ucranianos taciturnos, un griego inquieto de ver a bordo a todos esos
novatos que solo piensan en ponerse sus auriculares y sus calzados de
protección en la cubierta. Alquilados con el barco, ellos no escogieron
esta misión.
Si dar ayuda a un barco en peligro
es una obligación moral y legal en el mar, la ayuda a los migrantes no
forma parte de la cultura de la marina mercante. Los gigantes de los
mares están rara vez equipados para intervenir, una salida de ruta
representa siempre una pérdida de tiempo y dinero para la compañía, y
los marinos temen las infecciones que los migrantes adquirieron a lo
largo de su periplo. La desconfianza, es decir la hostilidad de la
tripulación, ha representado en ocasiones un desafío en otras
embarcaciones humanitarias. Pero a bordo del Aquarius, todo el mundo se
une.
A la mañana siguiente, subo a cubierta a
hablar con el capitán, Alexander Moroz, un bielorruso de 45 años y de
estilo socarrón. Navega desde los 15 años y trabaja desde 2009 para
Kempel, la firma propietaria del Aquarius. Alterna todo el año dos o
tres meses en altamar y tres meses en su casa, a 80 kilómetros de Minsk,
donde su esposa tiene una empresa y su hijo de 24 años termina estudios
de arquitectura. Dirigió barcos de carga de todos los tamaños y
embarcaciones de investigación científica, entre ellos el Aquarius.
Contrario al resto de la tripulación, pidió participar en esta misión.
“Tal vez porque llegó la hora de hacer algo bueno”, lanza en su inglés
de marcado acento eslavo.
El capitán Alex (AFP / Gabriel Bouys)
Mientras hablamos, los distintos sistemas
de alerta se activan. Un barco que salió de Egipto con unas 500 personas
a bordo es ubicado al sur de la región de Apulia. Cerca de Al Zawayah,
al oeste de Trípoli, el Bourbon Argos, otra embarcación humanitaria
fletada por MSF, asiste a un navío militar irlandés en el rescate de un
barco de pesca con cientos de personas a bordo. Al este de Trípoli, el
Dignity, último de los barcos de MSF, socorre a tres botes neumáticos
también sobrecargados. Veinte minutos más tarde suena una pequeña
sirena: los guardacostas italianos, que coordinan los socorros en la
zona desde un pequeño escritorio en Roma, señalan cuatro botes
neumáticos en una vasta zona al norte de Trípoli.
Poco menos de una hora después,
escuchamos al capitán del Bourbon Argos en la radio: están socorriendo a
un bote y tres más esperan en su campo de visión. Al final de la
jornada, los guardacostas contarán más de 2.000 personas salvadas.
Bienvenidos al Mediterráneo en 2016…
El Aquarius está aún a más de doce horas
de navegación de la zona de socorros, no intervendrá hoy. A bordo, todo
el mundo se dedica a poner orden y dar consignas. Una buena parte de los
equipos acaba de llegar para una o dos rotaciones de tres semanas, y
hay que familiarizarse con las operaciones que vendrán pero también con
los pasillos estrechos, las pequeñas escaleras empinadas, los múltiples
obstáculos en las cubiertas… y el ligero balanceo.
Al principio de la tarde, el barco se
toma incluso el tiempo de detenerse para una sesión de ejercicios en
pleno mar con los dos botes. El primero está encargado de hacer los
viajes para traer los migrantes al Aquarius, mientras que el segundo
debe quedarse alrededor del bote socorrido para intentar hacer mantener
la calma entre aquellos que deben esperar.
Fotografiado
por la marina italiana, el naufragio de un barco de migrantes con
sobrecupo cerca de Libia el 25 de mayo de 2016, en el cual 7 personas
perecieron (AFP / Marina Militare)
Es siempre una difícil tarea. Saliendo en
general de noche, los migrantes son socorridos en la jornada, luego de
solamente ocho o diez horas en el mar. Pero debilitados por sus
terribles condiciones de vida en Libia, mojados, congelados,
deshidratados, a veces asfixiados por el humo del motor, quemados por
restos de carburantes, algunos ni siquiera llegan a sobrevivir.
Y a eso se suma el pánico al mar. “La
mayoría de ellos no sabe nadar. El mar es para ellos como la lava para
nosotros. Aquello que cae al agua no sobrevive”, explica Antoine, uno de
los socorristas.
Todo el mundo está tranquilo durante el
ejercicio, la comunicación es delicada, los movimientos aún no salen a
la perfección. Pero al cabo de algunas horas, hay que subir, ordenar los
botes, retomar la ruta y cruzar los dedos para que todo salga bien
mañana.
Antoine Laurent, uno de los socorristas de SOS Méditerranée en el Aquarius (AFP / Gabriel Bouys)
Al atardecer, la tripulación bloquea todos
los accesos a la cubierta, como medida de seguridad ahora que nos
acercamos a Libia. Hace algunas semanas, hombres armados subieron a la
fuerza a bordo de un navío alemán, el Sea-Watch, que patrulla la zona
para detectar las embarcaciones artesanales y asistirlas, pero que no es
lo suficientemente grande como para acoger migrantes a bordo. Los
agresores salieron rápido, pero desde entonces se establecieron una
serie de medidas de seguridad. Los barcos están cerrados de noche, y
para cada operación de socorro a menos de 20 millas náuticas de la costa
libia, es imprescindible una escolta militar.
Hay que decir que los navíos militares son numerosos en la zona: la operación italiana Mare Sicuro, encargada justamente de garantizar la seguridad de los socorristas, pescadores y plataformas petroleras en la zona; la operación Sophie, dirigida por la Unión Europea para intentar, hasta ahora sin éxito, luchar contra los traficantes de personas, y la operación Triton, de la agencia europea de control de fronteras, Frontex. Todo ello moviliza en total más de una quincena de navíos, pero también aviones de reconocimiento —esenciales para avistar los botes— y helicópteros.
(AFP / Gabriel Bouys)
Evidentemente, está totalmente prohibido
aproximarse a aguas libias, a menos de 12 millas náuticas de las costas.
Captain Alex cuenta que el Aquarius había visto un día un bote de
migrantes en dificultad al otro lado de la línea. La armada humanitaria
no podía hacer nada y varios barcos de pesca libios pasaron sin
intervenir. Fue finalmente un petrolero con ruta a Trípoli, y que tenía
por ende autorización de entrar en aguas libias, el que fue por los
migrantes, antes de volver a aguas internacionales para entregarlos a un
navío militar italiano.
Esta primera noche tengo
problemas para dormir. Veo delante de nosotros, aún a lo lejos, la costa
de Libia. Es posible que en este mismo momento los pasantes estén
sacando a los futuros huéspedes del Aquarius del cuchitril en el que los
han mantenidos desde hace días, semanas, meses, para conducirlos a una
orilla donde los esperan algunos botes inflables apenas más sólidos que
juguetes de playa. Los que dudan son golpeados o asesinados, y los botes
se internan en la noche.
A bordo del Aquarius (AFP / Gabriel Bouys)
¿Partirían si no tuvieran la casi certeza de ser rápidamente socorridos?
En la primavera pasada, cuando ya Italia
había puesto fin desde noviembre a su vasta operación de rescate Mare
Nostrum, hubo tantas salidas como el año pasado en la misma época. Pero
muchos más muertos. No muy lejos de aquí, la marina italiana intenta
traer a la superficie los restos de un bote pescador que naufragó una
noche de abril de 2015, con hasta 800 personas a bordo. Desde aquel
drama, el dispositivo de socorro se reforzó hasta convertirse en una
verdadera armada.
Pero ¿no es el Aquarius cómplice de esos pasantes al facilitarles el trabajo?
Antes, las embarcaciones artesanales
salían menos cargadas, con agua, víveres, carburante y el objetivo de
llegar a Sicilia o las islas italianas en el camino. Pero de un tiempo
para acá, no tienen sino que llegar a aguas internacionales y pedir
socorro. Los traficantes pueden entonces reemplazar las reservas por un
teléfono satelital y cargar aún más los botes. Pero para Captain Alex,
el debate está zanjado: “La única pregunta es: si no vamos, ¿cuántos van
a morir?”
(Continuará)
(AFP / Gabriel Bouys)
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